Venecia - 13/03/2025
17/03/2025
Ya, ya sé que ir a Venecia no es precisamente la aventura del siglo, que es un destino de esos que hoy se llaman mainstream; que es como dejarse arrastrar por la corriente turística, e incluso puede que sea un viaje «para persona mayor», PERO…
Tengo que decir que Venecia es única. No vas a ver lo que verás en Venecia en ningún otro lugar del mundo, y por lo que tengo visto allí, puede que dentro de un tiempo no puedas verlo en ningún lugar del mundo, porque esa relación que tienen con el mar se está convirtiendo en una amenaza acuciante. No sé hasta qué punto todos esos cimientos medievales aguantarán la embestida de las mareas, que cada vez son más altas. Un detalle que se puede ver a simple vista en los bajos inundados de muchas casas.
Llegamos a Venecia entrada ya la noche, pero no pudimos resistirnos a un primer y breve paseo por la ciudad. Era jueves, y no había mucha vida por las calles. Aviso: Venecia puede ser muy tenebrosa por las noches, especialmente en algunas calles, mal iluminadas, poco concurridas y repleta de rincones oscuros. Lo que de día es un paisaje de cuento, de noche puede transformarse en uno de novela de terror.
En todo caso, fue un impacto llegar a la plaza de San Marcos y encontrarla prácticamente vacía de gente. La fachada de la catedral estaba tapada en parte por andamios, y aunque fue una pena no poder disfrutarla en todo su esplendor, al menos queda el consuelo de que las autoridades hacen su labor de conservación.
El tiempo vaticinaba lluvias, aunque al final el agua, por lo menos la que caía de arriba, nos respetó mucho, y pudimos disfrutar de ese «fin de semana largo» sin mayores incidencias.
La mañana siguiente salimos con el ánimo de caminar mucho, de recorrer calles y ver por primera vez todos esos lugares emblemáticos, de perdernos por la ciudad hasta que los pies nos pidieran una tregua. En parte agradecíamos el nublado, porque siempre es mejor caminar con un poco de frío que hacerlo cuando da el sol, cosa que pudimos comprobar el domingo siguiente, último día de nuestra visita y primero en el que dejamos de ver nubes en el cielo.
De día, la plaza de San Marcos volvía a ser lo que siempre esperábamos que fuera: un hervidero de gente de todas las nacionalidades admirando el lugar; un ordenado babel donde cada cual tiene su agenda, y por contra, pocos ejemplares de lo que suelo denominar «la corte de los milagros», aunque nunca está de más tener cierta prevención y poner la cartera donde no sea fácil de extraviar.
Merece la pena echar un vistazo a la página que Wikipedia dedica a Elena Lucrezia Cornaro Piscopia, una mujer excepcional que contó con la suerte de nacer en la familia adecuada, pero en las condiciones no tan adecuadas, para poder alcanzar sus metas.
Después descubrimos las ventajas del medio de transporte por excelencia en Venecia: il vaporetto. Viene a ser el equivalente a coger el autobús, sólo que en vez de ruedas, éste tiene hélices. Hay un par de líneas principales, que rodean Venecia en el sentido de las agujas del reloj y en el contrario, así que es fácil desplazarse de un lugar a otro. Muy recomendado comprar el pase para los días que se vaya a estar, porque va a ser necesario en un momento u otro. Las siguientes fotos las saqué desde el vaporetto, y hay que decir que es una gozada sentarse en la parte posterior y disfrutar del paisaje veneciano. No es un paseo en góngola, pero también es muy gratificante, y bastante más barato.

Il Campo della Pescaria, un mercado de abastos principalmente centrado en la venta de pescado, aunque también de fruta y verdura, recibe el género en barca, como todos los demás comercios de la ciudad. Los porteadores arrastran carros con mercancías aquí y allá por la mañana, apartando a los turistas a la voz de «Attenzione…». La basura que se genera, como en todos los comercios y casas de la ciudad, es retirada también en barca. Bueno, al menos la que no se come la multitud de gaviotas que pululan con descaro por el mercado.
Nos alojamos en un hotel junto al puente, uno de los puntos cardinales de Venecia, casi siempre bullicioso, con gente yendo y viniendo de una orilla del canal a la otra. Hay que tener buenas piernas para subir y bajar escaleras de puentes en esta ciudad que no tiene una sola cuesta. El eje Rialto-San Marco vertebra el turismo de la ciudad vieja, pero como he comentado, en nuestra visita no se notaba la aglomeración, la saturación que tanto temíamos. Será que elegimos un buen momento para la visita.
La lluvia me permitió tomar esta fotografía de la plaza de San Marcos por la noche. Es una de esas fotos que pienso conservar. Un momento mágico, cuando medio perdidos por las callejuelas de Venecia, desembocamos en la plaza iluminada y prácticamente vacía. Al fondo nos miran los caballos de la catedral, sobre cuyo periplo (o al menos el de los originales, ya que los expuestos en el frontispicio son réplicas) ya escribí hace muchos años.
Una de las puertas de la impresionante y monumental Biblioteca Marciana, algo descuidada, pero igualmente imponente. El interior del edificio, que no he llegado a visitar, es una demostración del poderío económico y cultural veneciano en el siglo XVI. En mi próximo viaje a Venecia, porque habrá un próximo viaje, será una de mis visitas prioritarias.
Cualquiera diría que el cielo se abrió para despedirnos. El domingo pudimos gozar del paseo al sol, dejando chaquetones y paraguas en el hotel. Eso sí: hay que estar pendientes, porque el aeropuerto de Treviso está lejos y hay que llegar al autobús-lanzadera, que va a tardar lo suyo en salir y en llevarnos al aeropuerto.
El aeropuerto de Treviso, por su parte, es una aeropuerto «en miniatura», para nada dimensionado a las necesidades del tráfico que genera. Aglomeración y casi ni sitio donde sentarse. Una incomodidad que bien podemos olvidar, con las retinas todavía impresionada de las maravillas venecianas.