La tarde no podía ser más hermosa: el sol se deslizaba lentamente, enrojeciendo el cielo a medida que se ocultaba en el horizonte. Como allí no había otra cosa que hacer, grupos de hombres harapientos se reunían cada tarde en playas y acantilados para contemplar el bello espectáculo del ocaso, generalmente sumidos en sus melancólicos recuerdos que les transportaban muy lejos de allí. Después de un largo rato de silencio, Jean rompió el silencio, comentando a su camarada François:
-C’est beau, oui? (Bonito, ¿verdad?)
-Oui, très agréable. Je n’ai jamais pensé que l’enfer était si belle. (Sí, muy bonito. Nunca pensé que el infierno fuera tan bello.)
Jean sabía que a François no le quedaba mucho tiempo de vida. En los últimos días había tenido que arrastrarle hasta la cola del agua, a esperar durante horas la escasa ración del preciado líquido que mitigara un poco aquella sed que nunca se apagaba. Sabía también que su propio estado de debilidad no le permitiría hacerlo al día siguiente. Estaba seguro de que François moriría si no conseguía beber un poco más de agua en las próximas horas.
Pero Jean tenía asuntos más importantes de los que preocuparse. La chalupa con los escasos víveres que los españoles les traían de Mallorca no aparecía desde hacía varios días, y ya recorrían la isla varias bandas de prisioneros que secuestraban, asesinaban y devoraban a cualquier incauto que se atreviera a andar solo por ahí. La verdad es que no se les podía reprochar ese comportamiento después de seis largos años de privaciones y miserias. Cualquier atisbo de humanidad había desaparecido hacía mucho tiempo en aquella isla. Por eso era prudente acercarse hasta el puerto, donde se reunía cada noche un gran número de hombres parta dormir al amparo de la multitud.
Jean miró de nuevo las últimas luces del día y contempló en el cielo las primeras estrellas de aquel cielo impoluto que pronto ofrecería el mismo magnífico espectáculo de todas las noches. No había candelas que perturbaran la visión de las estrellas en aquella abarrotada isla, porque incluso la madera de los pocos árboles que crecían allí hacía tiempo que había servido de alimento a los más desesperados. Jean sacó de un bolsillo un mugriento papel e hizo sus cálculos: 15 de mayo de 1814. Mañana era la fiesta de Saint Honoré de Amiens, el patrón de los panaderos y los pasteleros. Le resultaba tragicómico pensar que, mientras en su pueblo la gente aprovecharía la ocasión para festejar al santo comiendo pasteles, él probablemente muriera de hambre ese mismo día.
Miró a su lado, donde François se había quedado acostado boca arriba con los ojos abiertos. No se molestó en tocarle, porque si no estaba muerto, seguramente lo estaría a la mañana siguiente. Tampoco él tenía muchas esperanzas de sobrevivir, así que desistió de caminar hasta el puerto: no merecía la pena tomarse el trabajo. Era preferible quedarse allí, junto al acantilado, mirando el cielo estrellado sin tener que soportar el hedor de toda aquella gente que un día fueran sus animosos compañeros de armas del mejor ejército del mundo, y que hoy no eran sino animales acorralados.
A la mañana siguiente, la luz del sol le molestaba en los párpados cerrados cuando por fin abrió los ojos. Jean escuchaba unos gritos que subían desde el puerto, en la lejanía.
-Nous sommes libres! Nous été libéré! (¡Somos libres! ¡Nos han liberado!)
Se levantó con esfuerzo, sintiendo el mareo de los muchos días que llevaba sin nada que comer, y pudo ver una goleta con bandera francesa fondeada en la bahía. Sabía que aquello no podría durar para siempre, aunque tenía sus dudas sobre si él mismo viviría para ver el fin de aquel infierno. Observó que muchos hombres se arremolinaban en el puerto, y oyó los gritos de alegría de la multitud. Jean se agachó y zarandeó a su compañero.
-François, nous revenons à la France. (François, volvemos a Francia.)
Pero François estaba tieso como un palo, con los mismos ojos abiertos de la noche anterior. Jean había visto morir a muchos hombres en aquella isla, así que estaba curtido por el contacto permanente con la muerte. Simplemente se incorporó y abandonó el cuerpo de François al sol, caminando despacio, tambaleante, en dirección al puerto.
Aquí está la paradisíaca isla de Cabrera, situada al suroeste de Mallorca: un paraíso natural dentro del amplio conjunto de maravillas que ofrecen las Islas Baleares. Viendo los veleros fondeados en sus calas y bahías, mecidos apaciblemente por la brisa, nadie podría imaginar que, hace doscientos años, Cabrera fue un infierno donde miles de hombres vivieron y murieron en condiciones infrahumanas, abandonados al hambre y la desesperación en aquella isla sin recursos para alimentarles.
Durante cinco largos años, la isla de Cabrera fue un campo de concentración -el primer campo de concentración documentado de la historia- para los prisioneros franceses derrotados en la batalla de Bailén. Estos soldados fueron víctimas por partida doble de un emperador egocéntrico que les despreciaba por perdedores y de unas autoridades españolas negligentes y despiadadas a las que no les importó abandonar en aquel paraje desierto a combatientes que hubieran merecido un trato más humanitario.
Después de languidecer hacinados en pontones durante un año cerca de Sanlúcar, los más de nueve mil prisioneros franceses fueron conducidos a un nuevo presidio, lejos de la población española que no quería saber nada de aquellos invasores y que temía contagiarse de las muchas enfermedades que el hacinamiento de estos hombres estaba provocando. Su viaje terminó en la isla de Cabrera, donde se les puso en «libertad» para que esperaran allí hasta el final de la contienda.
Ni qué decir tiene que aquella isla tan pequeña carecía de los recursos naturales suficientes como para mantener a una población tan elevada, por lo que, en principio, los prisioneros eran abastecidos desde Mallorca por barco. Esto era la teoría, porque en realidad, el alimento era siempre escaso, y los soldados se vieron sometidos al hambre. Tras un intento frustrado de fuga, el abastecimiento fue cortado durante varias semanas, lo que provocó una gran mortandad entre los más débiles. En aquellos años se produjeron todo tipo de macabras escenas de rapiña humana, incluyendo el canibalismo. De los más de nueve mil hombres que desembarcaron en Cabrera como prisioneros, tan sólo algo más de tres mil volvieron a Francia para poder relatar a los suyos la trágica historia de los franceses de Cabrera.